David H. López
David H. López

Hace años leí un artículo sobre familiares de víctimas de asesinatos en los Estados Unidos y su proceso de asimilación tanto de su pérdida como del eventual castigo a los asesinos, quienes fueron condenados a muerte.

Los deudos de las víctimas manifestaron diversas condiciones, pero el autor del reportaje lo ilustró con dos extremos. Por un lado, una señora mayor, cuya nieta había sido violada y asesinada y el criminal ejecutado, habló en términos de “mi alma siempre estuvo en paz; en verdad he perdonado a ese hombre y no le deseo la muerte, le deseo el arrepentimiento genuino para que no vuelva a hacerlo y no sea amenaza para nadie”.

En el otro extremo una mujer madura cuyos hijos fueron finados cruelmente dijo algo como, “jamás perdonaré a los asesinos, mis hijos eran buenos muchachos y ellos los mataron sin piedad. La muerte es lo menos que merecen y ni siquiera después de muertos creo que los perdonaré.”

Dos mentalidades ante el agravio y lo que pocas veces se palpa en nuestros días: justicia. ¿Será justa la pena de muerte? En un sistema donde impera la ley, el extremo es cobrar una vida por otra. Dependiendo del extremo emocional en el que nos situemos, para algunos es excesiva, pero para otros es insuficiente.

Durante el año pasado, intelectuales y artistas se manifestaron contra la “cultura de la cancelación”, esta tendencia en redes sociales que juzga sumaria y fulminantemente a quien cometa un exceso en agravio de valores aceptados por un determinado grupo o ideología. En ese contexto, la corrección política atiza contra quien diga algo considerado inaceptable a ojo de valores contemporáneos y de la peligrosa “paradoja de la tolerancia” de Karl Popper (‘solo se vale la intolerancia contra los intolerantes’). Las redes, en especial Twitter (aunque también el resto), hacen eco de pretensiones de justicia que difícilmente se sacian.

El episodio más reciente se dio a raíz del contagio del presidente López Obrador de Covid-19 cuando al anunciarlo, un par de doctores buscaron estúpidamente hacer un chiste macabro y manifestando su aversión al personaje, sugirieron una serie de medicamentos que, en su conjunto, asegurarían que el enfermo se complicara al grado de fallecer.

Inmediatamente reaccionaron usuarios de la tendencia lopezobradorista y pidieron la cancelación de sus cédulas profesionales. Los interfectos no tardaron en cerrar sus cuentas y en uno de los casos, publicar una disculpa. Al cierre de esta colaboración nada parece satisfacer la sed justiciera. Se clama por su cancelación: desterrarlos de las redes y que se les retiren sus cédulas profesionales.

Rowan Atkinson, conocido por su personaje Mr. Bean, comparó dicha cultura con un “equivalente digital a la multitud medieval que deambula por las calles en busca de alguien a quien quemar. El problema que tenemos en línea es que un algoritmo decide lo que queremos ver, creando una visión binaria y simplista de la sociedad; se convierte en un caso en el que estás con nosotros o contra nosotros. Y si estás en contra nuestra, mereces ser ‘cancelado'».

Por su parte Bryan Cranston, famoso por la serie “Breaking Bad”, manifestó una preocupación puntual, “creo que nuestras sociedades se han vuelto más duras y menos comprensivas, menos tolerantes, indulgentes. ¿Dónde vive el perdón en nuestra sociedad? ¿Dónde podemos aceptar a alguien si está arrepentido, si se disculpa y asume la responsabilidad? ¿No es posible que el perdón juegue una parte de eso y sean bienvenidos de nuevo?».

En el caso de los médicos, ¿será justo cancelarlos? Eso debe determinarlo un colegio profesional apegándose a reglamentos y no un grupo de enardecidos tuiteros.

El asunto de fondo es que nuestra sociedad parece enfilarse al caso de la señora a quien ni la pena de muerte le pareció suficiente. Ante eso, no habrá justicia posible que sacie el rencor.

 


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