Alberto Avendaño / Autor de Las cenizas del día
Alberto Avendaño / Autor de Las cenizas del día

Pan de la noche (Universidad Autónoma de Zacatecas, 2019), de Ibán de León (Oaxaca, 1980) puede leerse como una metáfora bífida: el cáncer que ha consumido a su madre y el cáncer social del que todos formamos parte, ya sea como observadores o actores. Es un libro construido del terror de vivir en un pueblo gobernado por la muerte, no poder salir de ahí y, a la par, saber que tu madre está muriendo. Un canto de desesperación, podríamos decir, es lo que gobierna estas páginas.

 

Tengo miedo, mamá.

Afuera están mirándome las voces.

Perros sin cuerpo le ladran al asfalto que va y desaparece.

 

Estos versos abren el libro y uno como lector queda petrificado. Ese “Tengo miedo mamá” es un abrazarse a los buenos recuerdos mientras afuera amanecen a diario hombres mutilados, saldos de una guerra absurda contra la que no podemos hacer nada. Ibán vive un doble tormento, ha dejado una constancia por escrito de la hora del deceso de su madre, viajando al sur para despedirla y, en el epicentro de su dolor, vivir con el miedo de estar entre los muertos.

 

Mamá, aquí le llaman plaza a desmembrar los cuerpos de los hombres cuando aún palpita la memoria de su infancia. Plaza es la policía que te detiene para entregarte a unas manos cuyo rostro nadie ha visto. Ésta no es como la plaza de tu pueblo, donde el domingo vendían hierbas las mujeres que bajaban de los cerros.

 

Hay también una nostalgia a lo largo del volumen: nostalgia de la familia, de la tierra natal, de la infancia, una nostalgia que está presente en otros libros del poeta, y llega como un haz de esperanza entre tanta tristeza. Apunta uno de los poemas “Aquí dejo esta flor para olvidarme de Chilapa y sus andamios ensamblados con la muerte”, es decir, nos ofrece un alejamiento total de esa tierra dañina para la memoria del poeta, un volver a comenzar y, en medio del olvido, una bitácora de versos que se parte como un pan salido de la noche, que tiene sabor a noche, que, en efecto, es la noche que viene a recordarle a Ibán el pasado que es borrado por el día.

 

Sabe a noche este pan, mamá

Tus manos no tocaron las espigas

Que trajeron la harina hasta mi boca […]

 

Tú no hiciste este pan, algo le falta.

Su sabor me recuerda la amargura de quien llora

en mitad de la lluvia.

 

Ibán de León ha sabido integrar dos dolores en un solo canto, se ha desgarrado la memoria para ofrecernos un trozo de su pan, y a nosotros como lectores no nos queda sino agradecer por tan conmovedor libro con sabor a noche.


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