Al principio fue la incorrección… y Oscar Wilde resultaba divertido: su dandismo, ocurrencias, gags verbales y atrevimientos eran celebrados por ingleses y europeos snobs que le otorgaban al escritor el derecho de transgredir ciertas normas y de mostrar una genialidad no exenta de corrosividad; esto, además de que la obra literaria de Wilde se adaptaba bien con el sentido común de entonces, en particular, el de las clases altas que veían en sus libros y obras de teatro a un escritor finalmente correcto y edificante…  pero Wilde traspasó una línea que no debía y derrapó.

El dandismo de Wilde: un dandy utiliza la moda para subvertirla, distinguiéndose de la masa (en el sentido de Ortega y Gasset), de la norma; el dandy no niega a la moda sino la parodia por medio de un atuendo y una actitud sobreactuados que buscan incomodar a quien milita en el mundo de la uniformidad; el dandismo ingresa en el universo de la moda para ridiculizarla y burlarse de ella, al hacerlo, al mofarse de un ritual gregario y automatizado, el dandy pretende apartarse del estándar societario que todo lo barniza con la misma laca.

Con todo, el dandismo inglés y europeo del siglo XIX es un gesto que más que agredir provoca sonrisas, una rebeldía light, tolerable, chistosa, que no mueve tapetes ni provoca cataclismos sociales ni culturales; el dandismo de Wilde era un gesto más travieso que transgresor, más de clown que de insurrecto; en realidad, en el ámbito de la élite inglesa, Wilde era un ingrediente que aportaba un necesario picor humorístico y no un veneno anti social… pero el escritor fue políticamente incorrecto y the beautiful british people no se lo perdonó.

Wilde cometió el error de comportarse como sus detractores, de subestimarlos en lugar de ignorarlos y de creer que en un juzgado podría lanzar sus rizos sarcásticos como en un salón lleno de gente linda; cuando demandó a sus detractores éstos no se lo perdonaron, embistieron contra él, le voltearon la imputación y lo hicieron añicos.

En el fondo, Wilde no era tan distinto de quienes lo metieron a la cárcel; el autor de El Príncipe Feliz no asumió a cabalidad haber transgredido la norma, se equivocó al intentar demostrar que era inocente de lo que se le acusaba y en lugar de haber dicho: “sí, soy invertido y qué”, dijo: “no, no soy un invertido y voy a desafiar a quien me acusa de ello…” Ahí se cayó y fue apaleado por la rígida y abotonada sociedad victoriana.

La obra literaria de Wilde no es gran literatura, es medianamente buena, nunca genial: Dorian Grey, plagiada en esencia de La Piel de Zapa de Balzac, es una novela escrita con decoro pero en el cosmos novelesco del siglo XIX es una obra menor, que además supura un moralismo que contrasta con el dandismo más o menos incitador de su autor; y lo mismo, o peor, sucede con sus cuentos infantiles, que son letanías moralinas insufribles; en cuanto a sus obras de teatro son monas,  bien hechas, divertidas pero superficiales y vacuas; la fama de Wilde, su mito, se debe a su vida ‘escandalosa’, no a su obra, sin su encarcelamiento y exilio su obra no sería tan conocida.

En los textos que escribió en la cárcel Wilde abandona por completo el humor de sus obras de teatro y de sus speeches ocurrentes, recrudece su sentido moral y su autocompasión, cediendo al espíritu de sus obras y renunciando a lo que quizás mejor hacía: hablar de manera burlona en los salones, en realidad hay dos Oscar Wilde: el escritor moralista y el personaje provocador, que no son por completo opuestos pero sí diferentes y que a final de cuentas nuestro literato no supo matrimoniar del todo.

De Wilde nos queda el mito de su vida y no la grandeza de su obra; el texto novelesco de su existencia más que la profundidad de sus libros; su vida coronada en un exilio frustrante y decadente suplanta a la calidad literaria de sus escritos.

Los tres años que Wilde pasó en París, entre 1897 y 1900, donde muere, vemos a un Wilde derrotado, acabado, que ha dejado de escribir, que ya no brilla en los salones, que luce como un pugilista retirado cuyo rostro conserva los golpes recibidos en el cuadrilátero, sin gloria ni reconocimiento, enfermo, sin dinero, despreciado incluso por escritores franceses como Jean Lorrain, que, invertido como él, no se solidarizó con su desgracia.

Citemos un breve pasaje de Pío Baroja –esa mosca muerta a quien no le gusta nada ni nadie– que en sus longitudinales Memorias  recuerda haber visto de joven al mastín Wilde en París poco antes de morir:

Estando un día sentado con Gómez Carrillo  y con los dos poetas hermanos delante del Moulin Rouge, apareció Oscar Wilde y Carrillo se levantó a hablar con él… era alto, demasiado alto, con un cuerpo de hombre, grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris, llevaba sombrero blando, una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida y un poco caballuna, las manos enormes, así como flácidas y muertas, y los pies por el estilo. Sabiendo quién era daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombrón vulgar. No tenía nada de este aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas.

Poco antes de morir, en diciembre de 1900, el amigo y protector de Wilde, Frank Harris, estuvo con él en París en un “hotelucho de la calle Beaux Arts”, y Wilde le confesó sentir cierto deseos desusados que se apartaban tanto del pasado provocador verboso de salón, como del cristiano no confeso de sus libros, y que descubrían a un Wilde inédito que comenzaba a oler el polen de unas flores del mal tan de moda en esa tornasolada Belle Époque; me quedo con esta imagen del Wilde tentado a pecar:

Espero nunca encontrar la serenidad, Frank, nunca; la vida sin deseo no valdría la pena de ser vivida. A medida que se envejece, se hace uno más difícil, pero el aguijón del placer  es más agudo que en la juventud y mucho más egoísta. Se comienza a comprender al Marqués de Sade y a Gilles de Rais, ese placer que experimentaban haciendo sufrir, ese mundo subterráneo de crueldad, tan singular, tan intenso…


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