Israel Álvarez/ Maestro en Ciencias Sociales
Israel Álvarez/ Maestro en Ciencias Sociales

En las vacaciones se busca lo que en el tiempo regular no se encuentra. Se puede viajar, visitar amigos, leer, descansar, respirar tranquilamente o no hacer nada, que también es válido. Semana Santa regularmente se asocia con vacaciones, mariscos, playa y, en nuestro caso, conciertos, procesiones, un poco de calor y un Centro Histórico repleto de locales y foráneos que vienen a dejar sus pasos en los callejones irregulares. La idea de vacacionar suele estar alejada a la de confinarse, a menos que sea un retiro voluntario que permita respirar aires más puros y sin tanta prisa.

Hoy respirar es el problema, al menos respirar en el lugar equivocado, el enemigo se ha vuelto el aire, sobre todo si viene del extranjero, un invasor invisible que se transporta en algo que tampoco se ve, una de las palabras más buscadas en google en las últimas semanas, un virus. De los mayores problemas, es que la gran mayoría no sabemos lo que es un virus. Sin embargo, lo podemos imaginar. Los medios se dieron cuenta y nos bombardearon con dibujitos de una esfera con filamentos verticales, algunas veces verde, otras amarilla o roja, dependiendo de la intensidad que el creativo le haya querido atribuir a la imagen. Una vez ubicada la figura del mal, hay que hacer todas las conexiones mentales necesarias para entender lo urgente, se aproxime o no a la realidad.

Pero ¿qué es real? Tenemos que ponernos de acuerdo y el resultado va a ser más una especie de contrato tácito de interpretaciones que un diagnóstico ofrecido por un profesional en tener la razón, en una situación en la que nadie parece tener certeza de nada todo lo que asegure un poco de confiabilidad es bien recibido, sea o no racional. Las figuras de autoridad son importantes, a éstas les cuestionamos menos las decisiones que toman, pueden ser padres, maestros, jefes o amigos y nos representan cierta seguridad. Esto nos hace adoptar comportamientos que suponemos son esperados y otros desecharlos, porque no se nos convenció lo suficiente de que era lo correcto, algunos tenemos como ejemplos a actores, escritores, o filósofos, incluso, en el peor de los casos, políticos. Insisto, la razón no filtra estas decisiones.

Técnicamente traemos nuestro aire con nosotros y sólo lo dejamos ir para que vuelva regenerado; no pasa lo mismo con nuestro pensar, suponemos que tenemos la razón y que sería arriesgado no tenerla, pero se puede también regenerarlo. A pesar de que nos manden montones de incentivos disfrazados de cadenas en las que se resalta la empatía, la solidaridad o la prudencia, vamos a actuar con el sesgo que conlleva la misma diferencia que permite una sociedad. Podremos no ser científicos, pero tenemos internet, y no hay materia alguna que se le escape. Irónicamente, casi nada humano le es ajeno a lo virtual. Lo que sí podemos hacer es seleccionar lo que vemos, orientado por nuestras familias, amigos, compañeros y compinches, que son nuestra propia burbuja de aire, orientamos nuestras opiniones en buena medida por las opiniones de éstos, si no basta, también están los actores, escritores o filósofos, y, en el peor de los casos, los políticos.

El confinamiento como medida preventiva ha tenido opiniones divididas. Por un lado, hay a quienes sus circunstancias les permiten hacer un retiro voluntario de la sociedad y sus callejones, planear sus encierros para que no les afecten tanto en lo físico o en lo emocional, pueden aislarse con los materiales que consideren necesarios para soportar convivir, primero, con ellos mismos y en algunos casos con sus cohabitantes. Por otro lado, hay quienes entrecierran los ojos con desdén cada que alguien les sugiere amablemente quedarse en casa. Más de la mitad de la población de nuestro país vive al día, tiene trabajos informales y probablemente no sea la terquedad la que no les permite acatar las disposiciones preventivas.

Los motivos nos sobran para creer que lo que hacemos es lo que podemos, a veces hasta en qué es lo mejor. Una de las poquísimas ventajas de estar en una situación que afecta al mundo es tener diferentes perspectivas. Sabemos organizarnos, pero también todo lo contrario. Nos estamos dando cuenta de que las políticas públicas afectan las decisiones que podamos tomar en lo individual, recordamos que podemos ser altruistas, también muy egoístas, ponderamos lo que tenemos y lo que nos hace falta. Pudimos haber olvidado por la rutina y el paso fugaz de los días que es indispensable el aire para seguir conviviendo, para extrañar, para buscar y para seguir jugando con esa supuesta libertad de elegir lo que queremos, para seguir trabajando, estudiando o no haciendo nada, que también es válido.

Éstas no son vacaciones, tampoco es tiempo regular, ojalá podamos respirar de nuevo el aire renovado sin temor y ver las paredes por fuera, entre los callejones. Quizás sea conveniente entender que ocupamos un lugar y un tiempo que permite actuar desde aquí y ahora, que nuestras decisiones tienen consecuencias, y que podemos tener y ser malos ejemplos, pero también lo contrario, que no sabemos todo y es válido, que respirar puede ser un gusto adquirido. Podremos no saber lo que es un virus, pero hemos aprendido qué es la prudencia, la solidaridad y la empatía, y quizás es el único remedio casero que, socialmente, siempre nos ha funcionado.


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