GUILLERMO CHIU DE LA O | NTRZACATECAS.COM
GUILLERMO CHIU DE LA O | NTRZACATECAS.COM

El video de un pequeño grupo de delfines nadando a sus anchas en los canales de Venecia, limpios y transparentes por primera vez en siglos a causa de la actual cuarentena obligada, recientemente difundido sobre todo en redes y posteriormente desmentido como fake news (no es Venecia, sino  Cerdeña, donde ese tipo de avistamientos no es raro), me produjo una sensación de déjà vu y bastante desazón, como si eso ya lo hubiera visto o vivido de alguna forma, pero en otro lado.

Casi de inmediato me di cuenta del por qué: el ver animales salvajes deambulando libremente en medio de lugares habitados por el hombre es una imagen muy frecuente en la ciencia ficción, casi siempre en ciudades abandonadas y destruidas en un futuro post-apocalíptico.

Los ejemplos abundan, sea en la literatura o en el cine. Así comienza, por mencionar solo una muestra, la película 12 Monkeys, donde vemos a un oso grizzly caminando tranquilamente en las calles de Filadelfia y pegándole el susto de su vida al protagonista (Bruce Willis), que acaba de emerger de las profundidades de la tierra, donde se ha escondido lo que queda de la humanidad para escapar de la catástrofe que reina en la superficie.

Igual pasa en I’m Legend (2007), el más reciente remake de una novela de Richard Matheson de 1954 del mismo nombre y que ha inspirado varias películas: The Last Man on Earth (1964) y The Omega Man (1971), donde el protagonista, en este caso Will Smith, tiene que vivir encerrado de noche en su casa, alimentándose de los animales que puede cazar en la calle durante el día, y de lo poco que queda en las tiendas, escondiéndose de los vampiros que dominan la tierra.

La conexión entre los dos filmes se da en el malo de la película: un virus. En 12 Monkeys se trata de un virus liberado intencionalmente por un científico loco con el fin de acabar con la humanidad, pensando que le hará un bien al planeta; en I’m Legend se trata de una pandemia, cuyo origen se desconoce y que no termina con la población mundial, sino que solamente los transforma en vampiros. Sí, de esos que viven de noche chupándole la sangre al prójimo.

Como se podrá intuir (o en su caso, recordar), la trama de ambas cintas se centra en encontrar la cura, vacuna, antídoto o como se llame, que permita a lo que resta de los seres humanos recobrar los espacios que han perdido a causa de la pandemia, volver a sus casas y a su antiguo modo de vivir.

Pero, aunque las pandemias no sean un tema exclusivo de la ciencia ficción, ciertamente es en ese género donde han tenido más éxito, quizá porque la enfermedad es algo que ha acompañado al hombre (y a todo ser vivo) desde que habita este planeta, y por eso el miedo a la enfermedad se encuentra profundamente arraigado en nosotros. Ésta es la causa de que nos asusten y al mismo tiempo nos intriguen y atraigan esas novelas y esas películas.

Ésa fue la causa de mi intranquilidad al ver a los delfines en Venecia. No es que no me diera gusto que la limpieza de los canales les hubiera permitido a esos mamíferos visitar la ciudad, sino por las resonancias pre-apocalípticas de la situación actual; la incertidumbre de lo que se avecina y lo que pueda ocurrir.

Sin embargo, recordé que no siempre los dichosos bichitos han sido los malos del cuento. En La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, los marcianos que llegan matando gente para quedarse con nuestro mundo a punta de fuerza bruta tecnológica, finalmente son destruidos no por la inteligencia humana, sino precisamente por los virus y las bacterias que han convivido con nosotros desde siempre. Dice el protagonista de Wells al contemplar los cadáveres alienígenas:

“Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los observé yo estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro. Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de lo que eran, pues no en vano viven y mueren los hombres.”

Eso de lo que habla el protagonista de Wells se llama “resiliencia”, definida por el diccionario de la RAE como la  “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”,  y a decir de los historiadores y los economistas, en México no andamos escasos de ella.

Eso me da tranquilidad y esperanza, y al mismo tiempo me recuerda que la resiliencia no se logra en automático, con las puras fuerzas de la naturaleza, como nuestros anticuerpos, luchando solos contra los invasores, sino que, hablando de sociedades, siempre requiere de la cooperación humana: solidaridad, generosidad, civilidad, preocupación por los demás. Algo parecido a lo que nuestros abuelos llamaban “caridad cristiana”, y de lo cual, espero con mucho optimismo, tampoco andemos escasos.

Así que, si la libramos bien, cuando las cosas se compongan o al menos mejoren, si los delfines quieren volver a pasearse en Venecia, ojalá que sea porque algo bueno sacamos  de esta contingencia y aprendimos a cuidar más de nuestra casa, de nuestro mundo y de los demás, a ser más conscientes y solidarios, y menos egoístas. Sinceramente espero que por eso sea.

guillermochiu@hotmail.com

 


Nuestros lectores comentan

  1. Juan Manuel Muñoz Buendía

    Excelente artículo… los tiempos actuales son difíciles, ojalá todo sea una premonición de algo BUENO. Felicidades al escritor

  2. Parece una veta escasamente inexplorada el tema de la inmunidad. Roberto Esposito (Immunitas) analiza la inmunidad desde una perspectiva en la cual lo biólogo es apenas una parte. Inmunidad se otorga al diplomático, al funcionario bajo el nombre de fuero y, mediante ella, se busca mantenernos ajenos a la enfermedad. Pero, moraleja, lo que nos inmuniza forma parte de lo que queremos cuidarnos. Así, si queremos inmunizarnos del mal no podemos hacerlo sin pensar en la fuerza. Salvo quien piensa que los abrazos resuelven todo. Pero, como bien dice Guillermo Chiu, en consonancia con lo que plantea otro filósofo, en este caso Ernest Bloch, podremos renunciar a muchas cosas, pero difícilmente a la esperanza.

  3. Siempre se debe sacar algo bueno de estas situaciones, lamentablemente el ser humano entendemos a las malas. pero en hora buena para nuestra sociedad.

  4. Alicia Carrranza

    Buenas noches Memo. Ley su reportaje y me parece muy interesante, desafortunadamente todo lo que esta pasando ya esta escrito en el Apocalipsis, yo no me creo capaz de hablar del tema porque es muy complejo, pero todo lo que estamos viviendo de alguna manera nosotros lo provocamos por nuestra falta de amor hacia nuestro prójimo y también porque no hacemos nada por mejorar nuestra forma de ser y actuar hacia nuestro planeta. Me gusto mucho su tema pero solo una persona con la preparación que usted tiene puede hablar tan ampliamente . Lo felicito y le envio un gran saludo.