Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento

“La historia se repite siempre: primero

como tragedia y luego como farsa”.

Karl Marx

 

El cuestionamiento en campaña del avión presidencial “que no tiene ni Obama” fue eficaz: subrayaba el dispendio del gobierno y proyectaba la imagen de un candidato que quería aplicar una nueva política de austeridad. Como presidente, sin embargo, el tema del avión ha pasado de errores de decisión, con costos importantes para el país, a una farsa que ha desembocado en un cuestionable pase de charola entre empresarios.

Hay buenas razones para tener un avión presidencial. Es un útil instrumento de trabajo, como lo señaló en su momento el expresidente de Bolivia Evo Morales. Considero también que el Boeing 787 era excelente para ese propósito. Por supuesto que es un avión más modesto que los dos 747 de Obama, pero entiendo que en política los símbolos son más importantes que los hechos.

El problema es que el presidente se fue metiendo cada vez más en un lío del que no podía salir. Arrumbó primero el avión en un hangar en California, sólo para darse cuenta de que costaba casi tanto tenerlo estacionado que volarlo. Prometió venderlo entre jefes de gobierno, pero ni Obama ni Trump ni Trudeau se interesaron. Buscó apoyo de las Naciones Unidas, pero no es una organización que se dedique a la compra-venta de aeronaves y tampoco dio resultados. Algunos empresarios dijeron estar interesados, pero ninguno estuvo dispuesto a adquirirlo, ni siquiera a precio de ganga. No sorprende, porque el avión no es propiedad del gobierno, está arrendado.

Poco a poco, el muy fructífero cuestionamiento político al avión que simbolizaba boato y dispendio se fue convirtiendo en un chiste. Un buen día el presidente se despertó con la idea de que lo rifaría a través de la Lotería Nacional. Parecía un desplante de humor. Hasta el secretario de comunicaciones y transporte, Javier Jiménez Espriú, se rio cuando se lo dijeron por primera vez, pero el presidente no estaba bromeando. Tenía el esquema muy armado en la cabeza. Ofrecería 6 millones de cachitos a 500 pesos cada uno para obtener 3 mil millones de pesos.

La realidad, sin embargo, ha sido testaruda. Para empezar, es tan ilegal rifar un bien que no es propiedad de uno que venderlo. Además, la Lotería Nacional no tiene permitido rifar productos sino solo dinero. El gobierno tampoco puede rifar bienes públicos. Luego había los inconvenientes que hacían de la posibilidad de ganar el avión una pesadilla. Los memes se burlaron de las dificultades que el ganador tendría para estacionarlo. La ley dispone, por otra parte, un impuesto sobre la renta de 35 por ciento al premio y un 10 por ciento adicional en la Ciudad de México. Pronto el presidente que impulsó una ley que prohíbe las condonaciones fiscales, estaba prometiendo perdonar los impuestos al ganador de esta rifa.

La broma que no es broma se ha convertido en una farsa. El presidente afirma ahora que se hará una rifa, pero sin entregar el avión físicamente, sino el equivalente dinero. Mientras tanto busca conseguir recursos de otros lados. El fiscal general Alejandro Gertz Manero le dio un cheque por 2 mil millones de pesos, que al parecer no son suyos para entregar. Un grupo de empresarios, por otra parte, fueron invitados a Palacio Nacional a una cena en la que se les presionó para comprar “cachitos” de la rifa. El monto mínimo era de 20 millones de pesos; el presidente dice que los convenció de entregar 1,500 millones.

Hemos pasado de una crítica válida al dispendio gubernamental a una farsa. Quizá a esto se debe el nombre de Cuarta Transformación.

 

Subejercicio

El presidente les sacó a los empresarios 1,500 millones de pesos en cachitos que dice usará para servicios médicos. Pero el año pasado hubo un subejercicio de 1,600 millones de pesos en materia de salud. ¿Quién los entiende?

 

Twitter: @SergioSarmiento


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